Ir al contenido principal

Jurío (Parte 3)

Llegué a Israel por primera vez a los diecinueve años y a primera vista no me gustó. 

No llegué con ninguno de esos viajes tipo Taglit ni nada por el estilo. Llegué con una beca para estudiar música, que ni siquiera era para judíos. De hecho me metieron en una clase en la que todos eran goyim menos yo.

Goyim significa "naciones", pero en la práctica es el equivalente en hebreo a "muggles" en Harry Potter. Osea no-judíos. Pero no tiene nada despectivo de por sí, a menos que se diga específicamente con esa connotación. Lo cual a decir verdad a menudo se hace, sobre todo en ámbitos ultra-ortodoxos.

Yo además de crecer entre goyim, y practicamente como goy, crecí músico. Mis papás son músicos en la orquesta de Córdoba. De chico me mandaron a un colegio de músicos, y después al conservatorio a estudiar corno, para que tuviera un oficio. 

Ellos estudiaron música en una universidad de Estados Unidos en la que hicieron muchos amigos de todas partes del mundo. Uno de ellos, argentino, Enrique, toca el violonchelo en la Filarmónica de Israel.

Menciono esto porque crecí escuchando anécdotas de mis viejos en el exterior y una de mis principales motivaciones para estudiar corno era tener la oportunidad de estudiar afuera también. Tener mi propia aventura en el primer mundo. Nunca tuve en mente a Israel como opción.

La oportunidad se dio cuando la Filarmónica de Israel hizo una gira por sudamérica, y después de un concierto en Córdoba mis viejos salieron a comer pizza con ese tal Enrique. Hablando de todo un poco él les dijo que había becas disponibles para cornistas en Tel Aviv. 

Como decía, en la vida se me ocurrió Israel como opción. Me atraía el primer mundo. Había hecho un viaje con mi papá a Bloomington, el campus donde él había estudiado, un par de años atrás. El lugar era como en las películas, cada facultad un castillo, bosques con pequeños arroyos dentro del campus, por donde andan dando vueltas ardillas y cervatillos. 

La Facultad de Música en Bloomington tiene algo así como cinco edificios. Uno de ellos es un edificio de varios pisos de aulas para estudiar. Cada una con su espejo, su piano de cola y su atril hidráulico. El útlimo piso tiene cuatro salas en las que cuatro orquestas sinfónicas pueden ensayar e incluso grabar en paralelo.

Por Israel, en cambio, nunca tuve un particular interés. No me la imaginaba particularmente desarrollada. Y además siempre me gustaron los días frescos y nublados. Las ciudades viejas y europeas. Me gustaba Buenos Aires en otoño. Israel no era nada de eso. Me la imaginaba un desierto caluroso, lo cual en gran medida es.


Tapa del disco "Welcome to Israel" de Ethnix. Recomendado.

Pero bueno, tenía mar, lo que siendo cordobés resulta toda una atracción. Y siendo que había una oportunidad clara agarré viaje. Tres meses después del encuentro de mis viejos con su amigo, yo ya había mandado una grabación, me habían aceptado, había completado lo que me quedaba para egresarme del cosnservatorio y había preparado las valijas. 

Hice una fiesta muy emotiva de despedida en mi casa pensando que me iba por cuatro años. No sabía que terminaría volviendo tan solo un año después.

Cuando llegué a Israel mi tía me fue a buscar al aeropuerto y me llevó a los dormitorios de la Universidad. Acá tengo que aclarar que estos no eran los verdaderos dormitorios. Estos eran los dormitorios de segunda clase para los que no habían alcanzado a conseguir lugar en los dormitorios buenos. Era un edificio en una muy linda ubicación al lado del campus, en medio de un parque. Pero por dentro era como un monoblock soviético muy sucio y venido abajo. 

Llegué a Tel Aviv y no entendí en dónde estaba el mar. En ningún lugar a la vista. Me tocaba compartir departamento con un pianista chino y otro pianista japonés. Con el japonés tenía que compartir dormitorio. Ninguno de los dos hablaba practicamente inglés. El departamento era sencillamente feo, deprimente. Decidí salir afuera a buscar el mar para levantar mi espíritu. 

El barrio en donde está la universidad, Ramat Aviv, es un barrio en el exremo norte de la ciudad. No tiene nada que ver con la Tel Aviv vibrante que había visto en fotos. En ese barrio está la el campus, pero solo viven familias o jubilados ricos. Empecé a caminar hacia el sur, hacia los grandes edificios luminosos que se veían desde la calle. Me imaginé que si iba para allá y después un poco para la derecha tenía que llegar a la playa.

Caminé unos cuantos kilómetros, por grandes avenidas, crucé el río Yarkón, traté de vislumbrar el mar en la noche hacia la derecha y no vi nada, y sentí que había ido demasiado lejos y que era hora de volver.  A lo largo del camino solo vi mucho tráfico y muchos carteles en hebreo que para mi eran signos inomprensibles. Cuando llegué de nuevo al dormitorio, tras un nuevo intento sin éxito de comunicación con mi compañero chino, me senté sobre la cama y me pregunté qué estaba haciendo ahí.

Con el paso del tiempo, y con ayuda de mi familia israelí, y de otros familiares lejanos que descubrí y medio que me adoptaron, empecé a descubrir un poco la ciudad, y un poco el país.

Una de las primeras cosas que me impactaron fue la cantidad y variedad de judíos que había. En mi vida hasta entonces los judíos siempre habían sido: 

A) Muy pocos.

B) De apariencia europea.

C) Educados y de clase media alta.

Acá en cambio los judíos eran practicamente todos, incluyendo colectiveros, kiosqueros, etc... y además en su mayoría no-rubios. En gran medida indistinguibles de árabes. Entre eso, y el sonido del idioma, y las formas de las letras en que las cosas estaban escritas, me terminó cayendo por fin la ficha de que los judíos eran algo "oriental".

Otra cosa que me impactó fue ver chicos y chicas de mi edad en uniforme. Hasta entonces mi idea de como se ve un milico estaba más que nada influenciada por los policías de Córdoba. O por películas. Lo que yo estaba viendo acá era gente que no solo eran adolescentes como yo, sino que muchos de backgrounds socio-económicos o culturales parecidos. Me acuerdo la vez que a un ensayo de la orquesta lo vino a dirigir un pibe de uniforme. O de las veces que vi en los alrededores del campus algún pibe o piba soldado cargando un violonchelo o un fagot.

Por todo lo que tuviera que ver con el país, como decía, me empecé a obsesionar. Todo el mundo tenía historias personales o familiares interesantes para contar, muchas muy parecidas a las de mi familia. Mis tíos abuelos lejanos, estos que me mencioné que medio que me habían adoptado, me invitaban a reuniones familiares todos los fines de semana. 

Me terminé volviendo muy cercano a Mike, Mijael, el abuelo de esta familia. Ingeniero mecánico jubilado, amante del blues y de los Monty Python, escritor en su tiempo libre, había combatido en las guerras del 56, del 67 y del 73. Con él pasábamos horas disctuiendo de historia y de política. Yo, que me había criado de izquierda, no podía entender como una persona pensante podía tener algún tipo de simpatía por personajes como Reagan. 

Pero quiero explicar quienes eran estos parientes lejanos en lo de los que estaba pasando casi todos los sábados.

Mi tía Anita, la mujer de Mike, es la prima hermana de mi abuela paterna, la hija del belga. 

Yo no sabía de su existencia hasta que llegué a Israel. Mi bisabuelo belga, Sylvanine, y el padre de Anita, Sansón, eran mejores amigos y cuñados, sus mujeres eran hermanas. 

Sansón y Sylvaine eran activistas sionistas muy activos. Se prometieron el uno al otro mudarse a Israel si algún día se lograba fundar el estado. Pero en el año 1948, cuando el país obtuvo su independencia, mi bisabuelo arrugó y no cumplió. Así fue que Sansón emigró con su mujer y su hija Anita, y la relación nunca volvió a ser la misma.

En el momento mismo en que yo, el bisnieto de Sylvaine, puse por primera vez un pie en el país, sin embargo, la hija de Sansón me adoptó como si fuera un nieto más. 

Durante ese año, como decía, fui conociendo un poco el país, la historia familiar, el significado de lo que es el pueblo judío, y la sensación de pertenecer a él. Porque una cosa que sentí, quizás la que más me marcó de toda la experiencia, fue eso.

En una forma que no sabría bien cómo explicar, sentí que la mayoría de la gente era en cierto sentido parecida a mi y a mi familia. En muchos casos realmente el parentezco era físico y genético. Era como ver por la calle muchos pibes de raza "Amadeo". Pero también a mucha gente comportarse con una especie de no-se-qué que me hacía acordar a mi vieja. Y cosas por el estilo.

En fin, ese año me generó una obsesión por el país, más una vaga sensación de pertenencia, obstaculizada por la barrera insuperable del idioma, imposible de descifrar. 

Además, mis estudios en la facultad de música eran en el marco de un programa para extranjeros, separados de los israelíes. A los estudiantes israelíes la mayor parte los veía desde lejos, me generaban curiosidad, pero  en rara oportunidad tenía oportunidad de interactuar con ellos.

En la facultad de música la empecé a pasar mal. El método de estudio era el siguiente: cada mes había un concierto de la Orquesta de la Universidad, y cada mes había que competir contra el resto de los estudiantes de Corno para ver quién podía tocar en ese programa. Lo importante era que la orquesta sonara bien para los sponsors, no que los estudiantes ganaran experiencia. En las audiciones, estudiantes de primer año competían contra estudiantes pos-maestría. Terminé tocando en un solo concierto en todo el año. 

Me deprimí, me desmotivé, terminé deciendo que no me quería dedicar más a tocar el Corno.

Cuando decidí no seguir con los estudios en la academia de música, pensé mucho en quizás quedarme en Israel. Pero teniendo yo diecinueve, inmigrar significaría tener que hacer el ejército, y no sintiéndome capaz de hacerle algo así a mis padres, resolví volverme a Córdoba. 

El día que aterricé de regreso en Córdoba, durante el mundial del 2014, el ocho de Julio, empezó en Israel la operación "Tzuk Eitan", que tradujeron al inglés como "Protective Edge" (aunque en realidad singifica algo así como "precipicio potente"). No voy a entrar ahora en los pormenores de esa guerra porque no se puede, sin abrir toda la historia del conflicto árabe-israelí.

Solo diré que yo acababa de llegar de un año en Israel que me había fascinado y me había reconfigurado la identidad, y de repente la mayor parte de mi entorno en Argentina, que era un entorno progresista y liberal, había adoptado por completo la narrativa de Hamás. Entonces me dediqué a confrontarlos. Así fue que, no solo logré no convencer a nadie de nada, sino que empecé a hacerme nombre de fascista entre gente a la que hasta entonces yo respetaba o quería.  

De ahí en más sentí que mi nuevamente descubierta identidad judía se había vuelto un "precipicio potente" que me distanciaba de la gente a la que había creído, o querido pertenecer. Lo cual es una forma muy fuerte de soledad debo decir. Quise entonces estar cerca de otros judíos.

Empecé a ir al templo. Pero en el templo, si no fuiste toda la vida al colegio judío y al club, no te conoce nadie. Así que excepto el rabino y la gente del coro, que estuvieron muy amorosos, el mainstream de la comunidad judía de córdoba permaneció impenetrable para un outsider como yo.  

Ahí fue que apareció Yonatan, un rabino joven mexicano ortodoxo sefaradí, y me invitó a cenar a su casa para Rosh HaShaná. Esa era un poco su misión: rescatar almas perdidas del judaismo y devolverlas a la comunidad.

Más allá de su misión evangélica, terminamos pegando onda de verdad y haciéndonos amigos. Empecé a ir al templo ortodoxo sefaradí todos los Viernes posibles. Era como un viaje a otro tiempo y otra dimensión, estar con todos los viejos judíos turcos y libaneses en ese templito, con los cantos en estilo oriental. De ahí Yonatan me invitaba a la cena de Shabat en su casa, con su mujer y sus hijos, y nos quedábamos  hasta tarde tomando vino y teniendo todo tipo de discusiones metafísicas.

Religioso no me volví, como llegaron a temer mis viejos por un momento, pero me saqué varios prejuicios. Hice también un esfuerzo y logré aprenderme el rezo más importante de los judíos, el Shemá Israel. Bueno, aunque sea la primera parte. Dice así:

Tapándose los ojos con la mano derecha: Shemá Israel, Adonai Eloheinu, Adonai Ejad.

(Escuchá, Israel, Adonai es nuestro Dios, Adonai es Uno)

Susurrando: Baruj shem kevod maljuto le´olam va´ed.

(Bendito sea el nombre, la gloria de su reino por los tiempos de los tiempos)

Ve´ahavta et Adonai eloeja, bejol levavjá, ubejol nafshejá, ubjeol meodeja.

(Y amarás a Adonai tu señor, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todos tus recursos)

Ve´haiú ha´dbarim ha´ele asher Anoji mitzavjá haiom al levaveja

(Y estarán estas palabras, que Yo te ordeno hoy, sobre tu corazón)

Ve´shinanta le´baneja ve´dibarta bam, be´shivteja be´beiteja u´beltejejá ba´derej, u´beshojveja u´bekumeja.

(Y enseñarás a tus hijos a memorizarlas y hablarás de ellas, de regreso a tu hogar y en tu andanza en el camino, y al acostarte y al levantarte)

U´kshartem le´ot al ideja, ve´haiú letotafot bein eineja

(Y las atarás como señal sobre tu brazo y entre tus ojos)

U´ktavtam al mezuzot beiteja, u´bisheareja.

(Y las escribirás sobre los marcos de las puertas de tu casa, y sobre tu portal)


No solo no me volví religioso, sino que terminé entendiendo que posiblemente aunque quisiera nunca podría serlo ¿Y por qué querría? Porque se me despertó un anhelo de no ser el último judío de mi linea genealógica. 

Hablé antes del "esfuerzo de las cosas por perseverar en su ser". Bueno, se me despertó una perseverancia en el ser judío. Y me di cuenta de que las chances de tener hijos judíos viviendo en Córdoba, a menos que me volviese realmente observante y parte de la comunidad, eran practicamente nulas. 

Y la vez, con toda la simpatía y la curiosidad y el interés por la comunidad, los judíos dispóricos no-asimilados, esos del colegio israelita y el club Maccabi, eran demasiado diferentes a mi, antropológicamente, en una forma irreconciliable.

¿Qué judíos si eran muy parecidos a mi? Los judíos láicos, esos que había visto en Israel. Allá se podía ser judío pasivamente, como yo siempre lo había sido, sin miedo a diluirse. 

Pero no me iba a ir, porque había logrado entrar a la Sinfónica de Córdoba. Y además estaba de novio, olvidé mencionar. Y así pasó un tiempo.

Pero un día, después de tres años, me separé de mi primera novia. Y Macri era presidente. Y cada vez más amigos se habían cansado de mi obsesión por Israel. Y la idea de irme a Israel empezó a no dejarme dormir. Y cerraron el teatro San Martín, donde funcionaba la orquesta para refaccionarlo. Yo seguía recibiendo el sueldo sin trabajar, pero tenía más horas cada día para obsesionarme con la idea. 

Una noche de esas de pensar si irme a Israel o no, después de leer el libro "Mi tierra prometida: el triunfo y la tragedia de Israel", decidí que sí. Y acá estamos. 


Comentarios