El incidente del reservista profanando una estatua de Cristo en el sur del Líbano no me deja en paz.
Como reservista, estoy convocado a servir también en el sur del Líbano dentro de diez días. Da miedo, me jode el semestre, pero voy igual —con sentimientos encontrados, porque no queda otra, por lealtad a los amigos, porque es parte de quien soy—.
Como reservista, estoy convocado a servir también en el sur del Líbano dentro de diez días. Da miedo, me jode el semestre, pero voy igual —con sentimientos encontrados, porque no queda otra, por lealtad a los amigos, porque es parte de quien soy—.
Pero no puedo parar de pensar en el incidente infame con la estatua de Cristo. El soldado con el martillo tenía en la foto el mismo uniforme que yo me voy a estar poniendo dentro de una semana y media.
Hice Aliá a Israel desde Argentina hace casi 8 años. No estaba obligado a servir, pero lo hice igual, y nunca me sentí tan orgulloso como la primera vez que me puse ese uniforme. Ese uniforme que este soldado profanó, junto con el símbolo de Cristo. Me une a los cristianos el ver en esa foto una ofensa a aquello que para mí es más sagrado.
Escribo esto para ver si, sacándome la bronca de la panza, consigo concentrarme en lo que tengo que hacer: estudiar para el examen que tengo la semana que viene (debería haber sido en las vacaciones de semestre, pero se postergó por la guerra).
Dejé amigos cristianos en el país del que vine. ¿Cómo puedo mirarlos a los ojos, como soldado israelí, después de ver esa foto? ¿Qué se supone que les diga? Por cierto, esos amigos cristianos son quizás los únicos que, a diferencia de la mayoría de mis amigos, progresistas, nunca me juzgaron por mi sionismo.
Pero si pasé el día masticando esta mezcla desesperante de enojo y tristeza, no fue solo por este fallo moral, este tocar fondo de parte de un soldado troglodita (y de todos los trogloditas de los que habrá estado rodeado para pensar que lo que hacía era buena idea, tan buena como para incluso registrarlo y compartirlo en internet).
El disparador de todos estos sentimientos fue la tibia, tardía y apática respuesta del vocero del ejército hoy a la mañana (la foto ya circulaba ayer). Me hizo hervir la sangre leer el típico "estamos investigando", "la conducta no corresponde a los valores que se esperan de un combatiente de las FDI" y "tomaremos las medidas necesarias".
¡La p**a que los parió!
¿Cómo puede ser que Tzahal tenga tan poco respeto por sí mismo? Un ejército que se toma a sí mismo en serio, que exige de sus soldados sacrificar, de ser necesario, la vida, no puede reaccionar de forma tan tímida a comportamientos criminales de personas que visten sus insignias.
Durante mi servicio regular, en una unidad "selecta", fui testigo —y pasé incontables horas participando— de todo tipo de formas en las que el ejército sencillamente se miente a sí mismo. Pero dentro de todo dije "vaya y pase"; al fin del día las cosas relativamente funcionan, aunque sea por pura buena voluntad de la gente involucrada.
Pero siempre me preocupó esa falta de honestidad, que muchas veces se traducía en una completa falta de disciplina. Falta de disciplina que dejaba a los comandantes dependiendo exclusivamente de su carisma personal para conseguir que los soldados hicieran lo que se esperaba de ellos. Por suerte, al menos donde yo serví, los soldados estaban motivados y tendían a colaborar.
Meses que me hicieron sentir particularmente resentido entonces fueron los que siguieron al incidente en que un oficial mató por error a otros dos oficiales en Egoz, al confundirlos con ladrones beduinos. En lugar de entender la profundidad de la podredumbre, el ejército se empeñó en imponer disciplina en la forma menos relevante.
En Gaza me tocó servir como reservista, y me siento con la conciencia limpia y orgulloso de la forma y los valores con los que mi brigada operó. Pero no estuvimos perfectos tampoco. Tuvimos también ciertos comportamientos de los que hoy, en retrospectiva, me avergüenzo. Nada grave, pero la guerra tiende a dañar la sensibilidad moral de uno, y por eso es que uno tiene que mantenerse todavía más alerta. Como me dijo en una conversación personal quien fuera el comandante de la brigada, Ido Kess: "no por el qué dirán, sino por preservar el alma de nuestros soldados".
Pero para lo que sí había tiempo, aparentemente, era para que el japak (agregado personal de soldados que acompañan a un comandante) de Yudah Vach dibujara estrellas de David en edificios, con aerosol, a medida que íbamos avanzando, mientras uno de ellos, con un soplete, prendía fuego a edificios aleatorios. De repente Tzahal parecía una falange, una milicia de cuarta, una tropa tercermundista de vándalos. Sentí también entonces que tanto la estrella de David que estos soldados pintaban como el uniforme que estaban vistiendo estaban siendo profundamente desecrados ante mis ojos.
Esa noche, terminado el operativo, a todos los soldados de mi compañía nos salía espuma de la boca de la bronca. Por cierto, una de las personas que vi más dolidas e indignadas por los actos de vandalismo con estrellas de david fue un compañero religioso, padre de cuatro. Mis comandantes también estaban enojados. El comandante de mi compañía dijo que todos estaban indignados por todo lo que había pasado durante el día, y que nuestro batallón iba a reportarlo todo, presentando una queja formal contra Yudah Vach.
Quizás me equivoco, pero por lo que sé, ni Yehuda Vach ni su japak sufrieron ninguna consecuencia. Es más, Yehuda Vach fue ascendido más tarde a comandante de división.
Semanas más tarde, dejamos el uniforme e intentamos volver a nuestras vidas. Yo empecé a estudiar. Soy de seguir mucho los debates internacionales en Twitter; ese es mi vicio. Fui siguiendo minuto a minuto el desarrollo de las campañas de desprestigio contra Israel, las acusaciones infundadas de genocidio, el odio de la izquierda radical y de la derecha radical, el esparcimiento masivo de mentiras. El consuelo siempre es saber que uno conoce la verdad, y que incluso los peores comportamientos de los que fui testigo no se acercan ni de lejos a las cosas de las que nos acusan.
Vi a intelectuales israelíes, judíos, no judíos y extranjeros pasar a dedicarse casi exclusivamente a hacer el trabajo sucio que nadie en ningún organismo oficial se encarga de hacer: involucrarse en conversaciones serias con nuestros detractores, discutir con hechos y argumentos, y no con victimización, acusaciones de antisemitismo y eslóganes vacíos. Mención especial aquí a Salo Aizenberg, John Spencer, Andrew Fox, Mark Zlochin, Haviv Rettig-Gur y Adam Louis Klein.
La batalla de las ideas es una batalla que Israel necesita dar con seriedad. No solo porque de eso depende nuestra posición internacional, ya tan dañada, sino porque también de eso depende nuestra propia coherencia interna y nuestra capacidad de explicarnos a nosotros mismos qué es lo que estamos haciendo aquí, sin depender para eso de una colección de clichés desgastados.
En medio de esa batalla por las ideas, cada tanto llega a aquellos que quieren desacreditarnos, deslegitimar nuestra misma existencia, munición proporcionada por nuestros propios soldados. Ya desde el 2024 vi cada tanto circular fotos o videos de soldados israelíes cometiendo todo tipo de excesos, fotografiándolos y compartiéndolos como si fuese gracioso.
Aquí voy a hacer un mea culpa y admitir que yo también fui partícipe de excesos. Hablo de cosas como divertirse disfrazándose con ropas halladas en la casa semidestruida en la que nos estábamos refugiando, o como robar golosinas de un kiosco abandonado. Yo tampoco estoy limpio, pero al menos puedo decir que con mi equipo tuvimos conversaciones sobre esto durante la misma guerra, en las que pusimos de manifiesto la incomodidad que sentíamos al respecto. Creo que eso ayudó a que no nos degradáramos más. Al menos tuvimos el mínimo entendimiento de que esas no eran cosas de las que enorgullecerse, y que podrían generarnos —a nosotros y al ejército— un daño reputacional si las compartíamos.
Ahora bien, si se pudo dar no una, sino repetidas veces, en distintas unidades de infantería, el caso de soldados llegando al extremo de compartir en redes sociales fotos o videos de sí mismos comportándose de formas a todas luces reprobables, esto es, por lo menos, porque:
1-Estos comportamientos no son casos aislados y no existe ningún mecanismo institucional efectivo para evitarlo. Hay un problema grave de normas.
2-Muchos de estos soldados están imbuidos en una cultura en la que esto no solo no les da vergüenza, sino que les da orgullo.
3-Esta gente no teme ningún tipo de consecuencias, en absoluto. Al menos no consecuencias serias.
Lo que entendí es que, como Tzahal es un ejército que no lleva a sus soldados reclutados por la fuerza, sino que depende de su motivación (especialmente en reservas), se generó una situación en la que los soldados "están haciendo un favor" por haberse presentado. Y lo cierto es que esto es verdad. Estamos hablando de una sociedad en la que quien no quiere servir puede encontrar formas de zafar, y sectores enteros de la sociedad no participan, mientras que aquellos que cargan con el peso pagan precios inconmensurables. Esto es parte fundamental del problema.
Ese estado de cosas parece haber generado en los oficiales una incapacidad total de imponer disciplina. ¿Por temor a dañar la motivación? ¿Es que no se dan cuenta de que no hay cosa que dañe más nuestra motivación y la moral de la tropa que ver la falta de seriedad con la que las cosas se manejan? ¿Tan desesperada es nuestra situación que son esos los soldados que queremos mantener, a cualquier precio?
Desde esas semanas en Gaza, con el comportamiento de la pandilla de Yudah Vach, y después con estos otros eventos de soldados haciendo un ridículo de los valores expresados en el Ruaj Tzahal, fui acumulando bronca contra esta cobardía de los mandos militares, esta falta de huevos para hacer orden y establecer normas que expresen un mínimo autorrespeto como institución.
Un evento que me sacó de quicio (y que todavía me enloquece cada vez que lo recuerdo) fue lo que pasó con Sde Teiman. No hablo del evento de abuso que fue investigado, porque honestamente no conozco la verdad de los hechos. Hablo de la manifestación que hubo afuera. Tengo grabada en la mente la imagen de Tali Gotlieb, miembro del parlamento, agitando contra la justicia militar en una manifestación, escoltada por dos personajes encapuchados, vistiendo medio uniforme de Tzahal, portando armas de Tzahal. Eso cruzó todo límite.
Esa foto la vi en el búnker del destacamento Narkis, en Metula, mientras Hezbollah nos bombardeaba día y noche. Sentí que esas imágenes eran un insulto a todos los que estábamos ahí, no cobrando días de reserva para manifestarnos contra el Estado de derecho, sino jugándonos la vida para aguantar la línea y proteger a ese Estado, nuestra única casa.
Tzahal necesita poner orden, urgente. Con soldados jaredíes o sin ellos, necesitamos reformarnos si no queremos fracasar en nuestra misión.
Respecto de la disciplina. La foto del incidente me llegó por whatsapp de parte de un compañero de mi equipo. Comentaba: "Los oficiales de Tzahal van a tener que reinventar la disciplina desde primeros principios".
¿Qué tenemos en cambio? Un sistema en el que en la mayoría de las unidades, la autoridad disciplinaria esta representada por el -odiado por todos, respetado por nadie- personaje del "Rasar Disciplinario". Los oficiales hacen apelación a esa caricatura, a ese cuco, para amenazar a los soldados, a la vez que pueden permitirse cierta complicidad: "cortate el pelo para que el Rasar no nos haga problemas", en lugar de ejercer su propia autoridad.
¿Es acaso la opinión internacional nuestro "Rasar" de disciplina? ¿No creemos en la disciplina propia? "Che, no te filmes haciendo crímenes porque daña nuestro estatus internacional". Nadie quiere ser visto como un "buchón" o como un "izquierdista", jas ve'jalila (Dios no permita). Yo tampoco.
Espero que el evento extremo del soldado destruyendo la figura de Cristo nos despierte de este letargo. Tenemos que revertir ya mismo esta decadencia si realmente aspiramos a ser un pueblo digno de admiración, luz para las naciones. Si queremos seguir siendo superiores a nuestros enemigos y mantener el respeto por la dignidad humana.
Deberíamos haberla revertido hace años, pero estos últimos síntomas de impunidad y desvergüenza, de falta de consideración por todo límite, muestran que si bien no es demasiado tarde, puede llegar a serlo. Un colapso moral no se queda en lo moral. Una sociedad que se degrada se degrada en todo aspecto. Quien piense esto solo en términos materialistas tampoco puede ser indiferente: una sociedad en declive moral verá depreciado su poder, su seguridad y su economía. Yo lo sé, vengo de Argentina.
Los de izquierda me dirán cómo puede ser que me indigne esto y no años de ocupación. Quizás tengan un punto. Para mí, esta imagen fue un disparador emocional más intenso que cualquier cosa anterior. Quizás sea la suma de todo, más mi sensibilidad en este día: escribo esto en Yom HaZikarón.
Los de derecha me dirán que soy yo el que daña la reputación del ejército por contar esto. A ellos les digo: si siento tanta bronca es porque no hay nada más sagrado para mí que este país y este uniforme. Meter la cabeza en la arena solo nos hace más débiles.
Quienes profanan las insignias de Tzahal al cometer actos deplorables mientras las exhiben, deben ser condenados de forma contundente. Yo también debería ser castigado por las faltas que cometí; nunca debí haberme podido sentir impune, desde un principio.
Un buen lugar para empezar sería asegurar que estos actos no queden en un "se está investigando". Deben ser denunciados públicamente y recibir castigos ejemplares para demostrarle al mundo que somos un ejército moral, y para dejarnos claro a nosotros mismos que hay un límite a qué tan bajo podemos caer. Que de ahora en más vamos a revertir esta tendencia y restaurar nuestro orgullo propio, nuestra propia grandeza, la nobleza de nuestro ser.
Nos lo debemos a nosotros mismos. Se lo debemos a nuestros amigos y amigas que dejaron la vida vistiendo este uniforme para que podamos vivir aquí una vida digna de ser vivida.
Hice Aliá a Israel desde Argentina hace casi 8 años. No estaba obligado a servir, pero lo hice igual, y nunca me sentí tan orgulloso como la primera vez que me puse ese uniforme. Ese uniforme que este soldado profanó, junto con el símbolo de Cristo. Me une a los cristianos el ver en esa foto una ofensa a aquello que para mí es más sagrado.
Escribo esto para ver si, sacándome la bronca de la panza, consigo concentrarme en lo que tengo que hacer: estudiar para el examen que tengo la semana que viene (debería haber sido en las vacaciones de semestre, pero se postergó por la guerra).
Desde el 7 de octubre hice ya más de 240 días de reservas. Mis amigos hicieron más que yo, porque, como estudiante, pedí no presentarme a una de las rotaciones; necesitaba mejorar mi promedio. Empecé mis estudios tres días después de salir de dos meses seguidos en Gaza, al principio de la guerra.
Dejé amigos cristianos en el país del que vine. ¿Cómo puedo mirarlos a los ojos, como soldado israelí, después de ver esa foto? ¿Qué se supone que les diga? Por cierto, esos amigos cristianos son quizás los únicos que, a diferencia de la mayoría de mis amigos, progresistas, nunca me juzgaron por mi sionismo.
Pero si pasé el día masticando esta mezcla desesperante de enojo y tristeza, no fue solo por este fallo moral, este tocar fondo de parte de un soldado troglodita (y de todos los trogloditas de los que habrá estado rodeado para pensar que lo que hacía era buena idea, tan buena como para incluso registrarlo y compartirlo en internet).
El disparador de todos estos sentimientos fue la tibia, tardía y apática respuesta del vocero del ejército hoy a la mañana (la foto ya circulaba ayer). Me hizo hervir la sangre leer el típico "estamos investigando", "la conducta no corresponde a los valores que se esperan de un combatiente de las FDI" y "tomaremos las medidas necesarias".
¡La p**a que los parió!
¿Cómo puede ser que Tzahal tenga tan poco respeto por sí mismo? Un ejército que se toma a sí mismo en serio, que exige de sus soldados sacrificar, de ser necesario, la vida, no puede reaccionar de forma tan tímida a comportamientos criminales de personas que visten sus insignias.
Durante mi servicio regular, en una unidad "selecta", fui testigo —y pasé incontables horas participando— de todo tipo de formas en las que el ejército sencillamente se miente a sí mismo. Pero dentro de todo dije "vaya y pase"; al fin del día las cosas relativamente funcionan, aunque sea por pura buena voluntad de la gente involucrada.
Pero siempre me preocupó esa falta de honestidad, que muchas veces se traducía en una completa falta de disciplina. Falta de disciplina que dejaba a los comandantes dependiendo exclusivamente de su carisma personal para conseguir que los soldados hicieran lo que se esperaba de ellos. Por suerte, al menos donde yo serví, los soldados estaban motivados y tendían a colaborar.
Meses que me hicieron sentir particularmente resentido entonces fueron los que siguieron al incidente en que un oficial mató por error a otros dos oficiales en Egoz, al confundirlos con ladrones beduinos. En lugar de entender la profundidad de la podredumbre, el ejército se empeñó en imponer disciplina en la forma menos relevante.
Nos sometieron, a los soldados rasos, a incontables lecciones sobre seguridad personal. Nos obligaron a lustrarnos las botas más seguido y a cortarnos el pelo más corto. Pero la cultura no cambió. "Disciplina" siguió siendo una mala palabra, una forma de humillación dedicada exclusivamente a los soldados con poco rango o poco tiempo en el ejército, de la cual los soldados con más antigüedad, o los oficiales, podían prescindir.
En Gaza me tocó servir como reservista, y me siento con la conciencia limpia y orgulloso de la forma y los valores con los que mi brigada operó. Pero no estuvimos perfectos tampoco. Tuvimos también ciertos comportamientos de los que hoy, en retrospectiva, me avergüenzo. Nada grave, pero la guerra tiende a dañar la sensibilidad moral de uno, y por eso es que uno tiene que mantenerse todavía más alerta. Como me dijo en una conversación personal quien fuera el comandante de la brigada, Ido Kess: "no por el qué dirán, sino por preservar el alma de nuestros soldados".
También en Gaza, en los primeros meses de la guerra, nos tocó con mi compañía salir a un operativo bajo el mando de Yehuda Vach, quien era entonces comandante de la Brigada de Bad 1 (Brigada 261). El comportamiento que vimos nos shockeó por completo. La falta de disciplina suele venir de la mano de una falta de estándares en general.
En contraste con lo que estábamos acostumbrados, salimos al operativo "al tuntún", casi sin planeamiento previo, a plena luz del sol, expuestos en medio de la calle, avanzando por una avenida con edificios de 8 pisos y más. El tipo de cosas por las que mueren soldados en vano y por las que comandantes como Yehuda Vach son premiados por "iniciativa y búsqueda de contacto".
El operativo estuvo tan mal planificado que fue realmente un milagro que no termináramos matándonos entre nosotros en un incidente de fuego amigo. Nadie se tomó la molestia de explicar exactamente la posición de las tropas ni los guimel-guimel (límites de los sectores). Se ve que no había tiempo.
Pero para lo que sí había tiempo, aparentemente, era para que el japak (agregado personal de soldados que acompañan a un comandante) de Yudah Vach dibujara estrellas de David en edificios, con aerosol, a medida que íbamos avanzando, mientras uno de ellos, con un soplete, prendía fuego a edificios aleatorios. De repente Tzahal parecía una falange, una milicia de cuarta, una tropa tercermundista de vándalos. Sentí también entonces que tanto la estrella de David que estos soldados pintaban como el uniforme que estaban vistiendo estaban siendo profundamente desecrados ante mis ojos.
Esa noche, terminado el operativo, a todos los soldados de mi compañía nos salía espuma de la boca de la bronca. Por cierto, una de las personas que vi más dolidas e indignadas por los actos de vandalismo con estrellas de david fue un compañero religioso, padre de cuatro. Mis comandantes también estaban enojados. El comandante de mi compañía dijo que todos estaban indignados por todo lo que había pasado durante el día, y que nuestro batallón iba a reportarlo todo, presentando una queja formal contra Yudah Vach.
Quizás me equivoco, pero por lo que sé, ni Yehuda Vach ni su japak sufrieron ninguna consecuencia. Es más, Yehuda Vach fue ascendido más tarde a comandante de división.
Semanas más tarde, dejamos el uniforme e intentamos volver a nuestras vidas. Yo empecé a estudiar. Soy de seguir mucho los debates internacionales en Twitter; ese es mi vicio. Fui siguiendo minuto a minuto el desarrollo de las campañas de desprestigio contra Israel, las acusaciones infundadas de genocidio, el odio de la izquierda radical y de la derecha radical, el esparcimiento masivo de mentiras. El consuelo siempre es saber que uno conoce la verdad, y que incluso los peores comportamientos de los que fui testigo no se acercan ni de lejos a las cosas de las que nos acusan.
Vi a intelectuales israelíes, judíos, no judíos y extranjeros pasar a dedicarse casi exclusivamente a hacer el trabajo sucio que nadie en ningún organismo oficial se encarga de hacer: involucrarse en conversaciones serias con nuestros detractores, discutir con hechos y argumentos, y no con victimización, acusaciones de antisemitismo y eslóganes vacíos. Mención especial aquí a Salo Aizenberg, John Spencer, Andrew Fox, Mark Zlochin, Haviv Rettig-Gur y Adam Louis Klein.
La batalla de las ideas es una batalla que Israel necesita dar con seriedad. No solo porque de eso depende nuestra posición internacional, ya tan dañada, sino porque también de eso depende nuestra propia coherencia interna y nuestra capacidad de explicarnos a nosotros mismos qué es lo que estamos haciendo aquí, sin depender para eso de una colección de clichés desgastados.
En medio de esa batalla por las ideas, cada tanto llega a aquellos que quieren desacreditarnos, deslegitimar nuestra misma existencia, munición proporcionada por nuestros propios soldados. Ya desde el 2024 vi cada tanto circular fotos o videos de soldados israelíes cometiendo todo tipo de excesos, fotografiándolos y compartiéndolos como si fuese gracioso.
Aquí voy a hacer un mea culpa y admitir que yo también fui partícipe de excesos. Hablo de cosas como divertirse disfrazándose con ropas halladas en la casa semidestruida en la que nos estábamos refugiando, o como robar golosinas de un kiosco abandonado. Yo tampoco estoy limpio, pero al menos puedo decir que con mi equipo tuvimos conversaciones sobre esto durante la misma guerra, en las que pusimos de manifiesto la incomodidad que sentíamos al respecto. Creo que eso ayudó a que no nos degradáramos más. Al menos tuvimos el mínimo entendimiento de que esas no eran cosas de las que enorgullecerse, y que podrían generarnos —a nosotros y al ejército— un daño reputacional si las compartíamos.
Ahora bien, si se pudo dar no una, sino repetidas veces, en distintas unidades de infantería, el caso de soldados llegando al extremo de compartir en redes sociales fotos o videos de sí mismos comportándose de formas a todas luces reprobables, esto es, por lo menos, porque:
1-Estos comportamientos no son casos aislados y no existe ningún mecanismo institucional efectivo para evitarlo. Hay un problema grave de normas.
2-Muchos de estos soldados están imbuidos en una cultura en la que esto no solo no les da vergüenza, sino que les da orgullo.
3-Esta gente no teme ningún tipo de consecuencias, en absoluto. Al menos no consecuencias serias.
Lo que entendí es que, como Tzahal es un ejército que no lleva a sus soldados reclutados por la fuerza, sino que depende de su motivación (especialmente en reservas), se generó una situación en la que los soldados "están haciendo un favor" por haberse presentado. Y lo cierto es que esto es verdad. Estamos hablando de una sociedad en la que quien no quiere servir puede encontrar formas de zafar, y sectores enteros de la sociedad no participan, mientras que aquellos que cargan con el peso pagan precios inconmensurables. Esto es parte fundamental del problema.
Ese estado de cosas parece haber generado en los oficiales una incapacidad total de imponer disciplina. ¿Por temor a dañar la motivación? ¿Es que no se dan cuenta de que no hay cosa que dañe más nuestra motivación y la moral de la tropa que ver la falta de seriedad con la que las cosas se manejan? ¿Tan desesperada es nuestra situación que son esos los soldados que queremos mantener, a cualquier precio?
Si un soldado se ofende porque un acto criminal tiene consecuencias… ¿es ese el soldado que el ejército quiere conservar? ¿Es que no se dan cuenta del costo que tiene esto, no solo para nuestra alma colectiva, no solo para la reputación del ejército y del país, sino para los estándares y el funcionamiento de la propia organización?
Desde esas semanas en Gaza, con el comportamiento de la pandilla de Yudah Vach, y después con estos otros eventos de soldados haciendo un ridículo de los valores expresados en el Ruaj Tzahal, fui acumulando bronca contra esta cobardía de los mandos militares, esta falta de huevos para hacer orden y establecer normas que expresen un mínimo autorrespeto como institución.
Un evento que me sacó de quicio (y que todavía me enloquece cada vez que lo recuerdo) fue lo que pasó con Sde Teiman. No hablo del evento de abuso que fue investigado, porque honestamente no conozco la verdad de los hechos. Hablo de la manifestación que hubo afuera. Tengo grabada en la mente la imagen de Tali Gotlieb, miembro del parlamento, agitando contra la justicia militar en una manifestación, escoltada por dos personajes encapuchados, vistiendo medio uniforme de Tzahal, portando armas de Tzahal. Eso cruzó todo límite.
¿Cómo pretendemos sobrevivir como Estado, como sociedad, si permitimos que soldados vistan el uniforme del ejército en una manifestación en contra de la misma autoridad del ejército, exhibiéndose como guardaespaldas paramilitares de una política de la coalición gobernante, que parece darles legitimidad?
Esa foto la vi en el búnker del destacamento Narkis, en Metula, mientras Hezbollah nos bombardeaba día y noche. Sentí que esas imágenes eran un insulto a todos los que estábamos ahí, no cobrando días de reserva para manifestarnos contra el Estado de derecho, sino jugándonos la vida para aguantar la línea y proteger a ese Estado, nuestra única casa.
Tzahal necesita poner orden, urgente. Con soldados jaredíes o sin ellos, necesitamos reformarnos si no queremos fracasar en nuestra misión.
No podemos funcionar en la anarquía. Y, a menos que queramos conservar únicamente a lo peor de lo peor, las autoridades deben salir de su indiferencia y reconstruir el prestigio de las FDI. Si queremos pensarlo únicamente en términos prácticos, más allá de la moral, el prestigio es una palanca fundamental de la motivación humana. ¿Queremos reclutar soldados buenos? Necesitamos cuidar ese prestigio.
Respecto de la disciplina. La foto del incidente me llegó por whatsapp de parte de un compañero de mi equipo. Comentaba: "Los oficiales de Tzahal van a tener que reinventar la disciplina desde primeros principios".
Pensé que es cierto, que es lo que muchos comandantes quisieran hacer. Pero no pueden. La disciplina en una organización jerárquica no puede ser construída de abajo hacia arriba. Es la máxima autoridad, a través de su ejercicio por un lado, y del ejemplo personal por el otro, la única que puede instituir los límites de lo legítimo en esa organización. Y además de ser ejercida, debe ser emanada, hacia abajo. Los comandantes de rangos más bajos deben ser portadores de esa legitimidad y esa autoridad.
¿Qué tenemos en cambio? Un sistema en el que en la mayoría de las unidades, la autoridad disciplinaria esta representada por el -odiado por todos, respetado por nadie- personaje del "Rasar Disciplinario". Los oficiales hacen apelación a esa caricatura, a ese cuco, para amenazar a los soldados, a la vez que pueden permitirse cierta complicidad: "cortate el pelo para que el Rasar no nos haga problemas", en lugar de ejercer su propia autoridad.
¿Es acaso la opinión internacional nuestro "Rasar" de disciplina? ¿No creemos en la disciplina propia? "Che, no te filmes haciendo crímenes porque daña nuestro estatus internacional". Nadie quiere ser visto como un "buchón" o como un "izquierdista", jas ve'jalila (Dios no permita). Yo tampoco.
Todos preferimos simplemente dar por hecho que tenemos ciertos límites morales claros; al fin y al cabo, no somos Hamás. Pero ese es un consuelo miserable; esa no puede ser la vara con la que nos midamos. Y si bien creo que tenemos límites éticos generales, eventos como el de hoy me hacen dudar de qué tan rápido podemos corrompernos cuando solo nos autoconvencemos de que "todo está bien con nosotros" en lugar de mantenernos alertas. Cuando nuestra forma de tratar a nuestros combatientes como "sagrados" o como "héroes" consiste en hacerlos intocables, en lugar de exigirles que se comporten según los estándares más altos que esos mismos títulos reclaman.
Espero que el evento extremo del soldado destruyendo la figura de Cristo nos despierte de este letargo. Tenemos que revertir ya mismo esta decadencia si realmente aspiramos a ser un pueblo digno de admiración, luz para las naciones. Si queremos seguir siendo superiores a nuestros enemigos y mantener el respeto por la dignidad humana.
Deberíamos haberla revertido hace años, pero estos últimos síntomas de impunidad y desvergüenza, de falta de consideración por todo límite, muestran que si bien no es demasiado tarde, puede llegar a serlo. Un colapso moral no se queda en lo moral. Una sociedad que se degrada se degrada en todo aspecto. Quien piense esto solo en términos materialistas tampoco puede ser indiferente: una sociedad en declive moral verá depreciado su poder, su seguridad y su economía. Yo lo sé, vengo de Argentina.
Los de izquierda me dirán cómo puede ser que me indigne esto y no años de ocupación. Quizás tengan un punto. Para mí, esta imagen fue un disparador emocional más intenso que cualquier cosa anterior. Quizás sea la suma de todo, más mi sensibilidad en este día: escribo esto en Yom HaZikarón.
Los de derecha me dirán que soy yo el que daña la reputación del ejército por contar esto. A ellos les digo: si siento tanta bronca es porque no hay nada más sagrado para mí que este país y este uniforme. Meter la cabeza en la arena solo nos hace más débiles.
Quienes profanan las insignias de Tzahal al cometer actos deplorables mientras las exhiben, deben ser condenados de forma contundente. Yo también debería ser castigado por las faltas que cometí; nunca debí haberme podido sentir impune, desde un principio.
Un buen lugar para empezar sería asegurar que estos actos no queden en un "se está investigando". Deben ser denunciados públicamente y recibir castigos ejemplares para demostrarle al mundo que somos un ejército moral, y para dejarnos claro a nosotros mismos que hay un límite a qué tan bajo podemos caer. Que de ahora en más vamos a revertir esta tendencia y restaurar nuestro orgullo propio, nuestra propia grandeza, la nobleza de nuestro ser.
Nos lo debemos a nosotros mismos. Se lo debemos a nuestros amigos y amigas que dejaron la vida vistiendo este uniforme para que podamos vivir aquí una vida digna de ser vivida.
Comentarios
Publicar un comentario